viernes, 17 de octubre de 2014

alguien en la mente/3

Me di cuenta que ahora hay muchas cosas que ya no me importan, solo veo, y no me importa para nada la felicidad. Subo y bajo las escaleras a cualquier hora y camino por el parque cuando no hay nadie. En los días de la tormenta que yo escuché que Teresa decía por teléfono que fueron diecisiete, nunca había nadie en el parque y yo fui a tocar todas las piedras que toqué cuando era chica. Lo más divino era tener la ropa de mamá, y los suecos, no puedo creer cómo estos suecos de mamá llegaron hasta acá, cómo sobrevivieron a todo y cómo todo lo que hay todavía sigue acá y todavía las cosas me miran como siempre antes. Todavía quedan muchas piedras en el mismo lugar en que estaban cuando iba a la escuela, y troncos, y todavía quedan miles de grietas y rincones que escudriñé como paisajes de todo el mundo, que siguen ahí como ríos y montañas para hormigas. 
Fui a buscar todo eso en los días del temporal cuando no bajaba nadie ni de noche ni de día, pero yo siempre prefiero las noches, con los relámpagos sobre las torres como gigantes a mi alrededor. Vi todo lo que había cambiado y también vi lo que sigue igual, sobre todo ese tronco enorme que al tocarlo me dio una energía de años. Es un tronco talado de ciprés, o de cedro, que dejaron allí durante la construcción, igual que esos enormes escombros apilados. También vi que a pesar de que maté muchas, muchísimas, sigue habiendo caminos de hormigas.
Antes pensaba mucho en los momentos felices de mi vida. Los momentos más felices de mi vida, pensaba cuando estaba triste o aburrida o con rabia, o cansada. Y cada vez que estaba feliz comparaba con los momentos más felices de mi vida. Y cuando hablaba con Marcos o con el padre Martelo hablábamos de eso, y buscábamos eso, sin decirlo. El doctor Faroso también, el doctor Faroso era peor. A veces pienso que al doctor Faroso tampoco le importaba la felicidad ni nada y por eso me hablaba sin parar aunque no hablara y no escuchaba nada de lo que yo le decía. 
Los mejores momentos, cuando estábamos más cerca, era cuando cogíamos con Marcos, y después, el rato que nos quedábamos tirados uno al lado del otro mirándonos a los ojos y acariciándonos toda la piel sin decir nada. La cagada es que siempre teníamos que separarnos al final y el trabajo y la gente y todo al final nos hacían olvidar y salir de nuevo a buscar yo no sé qué, y la cosa quedaba como un recuerdo de la felicidad, otro más, hasta que todo quedaba mezclado en un tiempo de memoria confusa y sin salida porque la muerte era todo en el final. 
Ahora no. Ahora subo y bajo las escaleras de la torre, sobre todo de noche, y salgo a caminar mirando todo lo mismo de siempre cuando era chica y me parece que todo envejeció conmigo y habla sin parar, como yo, porque no le importa la felicidad ni nada a los caminos de hormigas que hablan y hablan sin parar como las piedras.
Por eso hablo sin parar como un camino de hormigas que siempre está diciendo lo mismo y sin moverse y sin hacer nada porque no está pensando en la felicidad ni en nada.




miércoles, 15 de octubre de 2014

alguien en la mente/2

También me acordé de esto.

Nosotras veníamos bajando la escalera grande que llega hasta la puerta de la torre y ellas, la nena con su mamá, venían subiendo y yo nunca las había visto. La nena tenía el pelo más rubio que vi en mi vida y no la podía dejar de mirar. Tenía un vestidito a lunares rosados y la piel muy blanca. 
Cuando se fue acercando vi que tenía también los ojos azules, y que las pestañas también eran rubias y tenía pecas, muchas pecas, y daba alegría verla. Yo la miraba fijo para ver si me miraba pero no, ella venía mirando algo un poco por encima mío, y cuando ya nos estábamos por cruzar y yo estaba por decirle hola, la nena mirando siempre eso que yo no entendía dijo clarito: "mirá esa señora, mamá: vieja, negra, y fea". Y lo dijo casual, como quien señala una flor, un pájaro, un hormiguero.
Yo la miré a mamá y le vi la cara como transformada, pero igual, apenas me agarraba un poco más fuerte la mano, haciéndose la que no había oído. Entonces le agarré la bolsita con las mojarras que habíamos pescado en el lago del prado y me solté y ella me dejó ir sin mirarme. Crucé por el estacionamiento y me fui al ombú que está delante de la torre. Hice un pozo con las manos en esa tierra blanda de los racimos caídos del ombú, y enterré ahí las mojarritas. Me saqué el anillo de plástico con la cara de Cenicienta y lo dejé también. 
Después de eso mi madre empezó a estar como ida por momentos. Estaba en general más callada, pero de repente se quedaba mirando nada, lavando los platos por ejemplo, la agarré un par de veces dejando correr el agua con la esponja en las manos. Y conmigo estaba como más seria, no se, como si se hubiera descubierto algo, como si hubiera entrado en casa una especie de luto. Me empezó a tratar como si fuera más grande y cuando me retaba la cosa era más seria. Todo era más serio, como si estuviera buscando siempre algo por lo que retarme. La vez que me acuerdo fue una en el supermercado, que estábamos llegando a la cola y yo fui a agarrar una revista y de repente me agarra del brazo y me dice que cómo podía ser tan mal educada, que si no veía que estaba la señora primero, y yo no entendía nada porque no había ninguna señora, en fin.
También me acordé de esto en aquellos días de tormenta que no se acababan más. 
A la nenita esa no la volví a ver, pero una vez estábamos con el Ronco en el botánico y no me acuerdo porqué le gritó a un guardia "hijo de puta!", y el tipo se nos vino encima y corrimos como nunca. Terminamos en el puente del Miguelete, sudando, y lo miro al Ronco y veo que está blanco mal. Le pregunto qué le pasa, porque yo todavía estaba asustada, y al final me dice "me hice caca", y se mira por abajo del short, mete la mano y saca una pelotita de caca casi perfecta y a mi me agarró un ataque de risa que no podía parar. Entonces me dio por decirle que se lo pusiera en la cabeza a una nena que estaba tratando de treparse a un sauce que estaba muy cerca. Los padres la estaban relojeando de lejos en unas reposeras del otro lado de la calle, en la vereda del botánico, abajo de los cipreses calvos, y casi no se veían. Le insistí mucho pero no hubo caso, tiró el sorete al Miguelete y se puso la remera en la cintura porque tenía miedo que se le viera la cagada. Lo acompañé hasta la costanera y lo ví bordear el Miguelete hasta el cantegril. Y en mi cabeza desde ese día esa nena rubiecita, la del sauce y la otra, se ríen y me hacen reír.


jueves, 9 de octubre de 2014

alguien en la mente/1

Yo empecé a hablar cuando se murió mi madre, y ya no pude parar. En verdad fue como una semana después de que se muriera, no me acuerdo bien. Me acuerdo que estuve días acá en el apartamento, viendo pasar las nubes por la ventana, porque fueron muchos días de tormenta. 
Cuando volvimos del cementerio con mi hermano y la esposa yo estaba callada todo el tiempo, pero por adentro había miles de voces, como en una fiesta de casamiento donde no conoces a nadie y todos hablan pero nadie baila y no hay música. Estábamos acá en los sillones y mi cuñada hizo café y tomamos. Al final me acuerdo que mi hermano me miró muy fijo y me pidió tres veces que le dijera algo para irse tranquilo, y yo no pude, porque era como que había miles de personas hablando al mismo tiempo en la cabeza, y todas me estaban diciendo lo que tenía que decir y yo las escuchaba a ellas y no sentía nada. 
Al final mi cuñada sacó una pastilla y me la trajo con un vaso de agua de la canilla. Me llevaron a la cama de mamá, mi hermano me dio un beso en la frente y se sentó en la cama al lado mío agarrándome de la mano hasta que me dormí. 
Cuando me desperté ya había empezado la tormenta. Se escuchaban truenos y pensé que era de noche. Pero no, solo que había demasiadas nubes y muy negras y muy bajas, casi tocando la ventana.
Yo me quedé mirando aquello como pasmada, asustada también porque hasta las voces se habían ido, no quedaba nada de nada, y enfrente la palmera se doblaba con el viento y los vidrios se movían a veces con las rachas como si se fueran a partir. Me acordé de cuando mamá me ponía una latita prendida con alcohol azul en el baño para bañarme, como una estufita. No sé porqué me acordé de eso y me fui al baño. Me empecé a duchar y de repente se apagó la luz, apagón. Me terminé de bañar a oscuras, sintiendo los truenos de afuera, y supe que en ese momento estaba pasando algo, algo que una no sabe como nombrar, no sé como decir. Tormenta afuera y apagón en la ducha son cosas que van juntas desde entonces, yo lo sé pero no sirve para nada, solo es que soy así.
Salí desnuda y mojada, porque estaba sola, y me tiré en el sillón a escuchar y pensar. Hacía como diez años que no venía a esta casa y que no veía a mamá, solo la volví a ver cuando ya estaba muerta, muy amarilla y fría y hueca en el cajón, como una hoja caída, quebradiza. 
No me podía acordar porqué no la veía más. Me puse a escarbar en los roperos y a sacar todas aquellas camisas que ella usaba, los mismos sacos y tapados que usó siempre, desde que yo era niña, y me empecé a acordar de muchos paseos que dimos por la ciudad y por el prado, cuando hacíamos caminatas. Vamo a hacer una caminata decía, y salíamos por ahí, por cualquier lado, y ella siempre tenía uno de estos tapados. 
Fue ahí que empecé a hablar y ya no pude parar. Aunque me callara, para adentro seguía hablando, pero sin parar, y a veces me venían ganas de decir algo para afuera pero aveces no y no importaba porque yo estaba hablando para mi, para mamá y para todos y para nadie, algo así. Es lo que me pasa ahora y si me encuentro con alguien no puedo parar, y no quiero que me hablen tampoco. Es como si ya supiera todo lo que me tienen que decir, como si me adelantara a lo que van a decir o como si les quisiera explicar de antes algo. No sé. 
Cuando viene la vecina, que se llama Teresa, yo le digo muchas gracias todas las veces que puedo, y le digo que ella es muy buena y que no se va a morir como mamá porque es muy buena y que un día la quiero invitar a pasear con los tapados de mamá, que si es un día de tormenta mejor porque los días de tormenta son de apagón y hay que aprovechar para salir y mojarse como en la ducha. Ella al principio se reía, después me quería parar un poco, medio asustada y medio enojada, y ahora solo viene con algo de comer, una tarta, una fuente de compotas, un plato de polenta con tuco, cualquier cosa, me la deja en la mesa de la cocina y se va, así nomás, casi sin mirarme ya. 
Pero yo le hablo igual. A veces se mete en el baño y en los cuartos y se lleva ropa sucia también, aunque a mi nunca me parece que esté sucia, no me parece nada, es la ropa de mamá que uso ahora, hasta las bombachas le uso, porque la ropa que yo tenía la Teresa me la llevó un día para lavar y no me la trajo más, y siempre se lo digo, para que sepa nomás, porque a mi no me importa, no me interesa la ropa, nunca me interesó, solo me interesa la ropa de mamá que está llena de recuerdos y paseos.

domingo, 1 de junio de 2014

dónde está el museo?



Museo de Arte Contemporáneo de MOntevideo
http://macmo.uy/sitio/huespedes-documentalistas-javier-rovira-77/

RECORRIDA A CIEGAS

No era lo que me esperaba esta casona. Y no por vieja, más bien por mal barrida y descascarada. No me queda otra que pensar que la circunstancia es deliberada, ya que estoy en el MACMO (Museo de Arte Contemporáneo de Montevideo), y ya todos sabemos las que se trae el arte en los días que corren.

Llego a la muestra sin haber leído uno solo de los textos que la introducen ni la cantidad de bibliografía recomendada por el museo en la web. Soy la clase de público solo medianamente culto y me rebelo contra el conceptualismo que me da la espalda. Arte para artistas que solo miran arte para artistas, le llamo yo. Estoy harto del chiste plástico berreta. Pero sobre todas las cosas, contra la obra que se apoya en un texto curatorial y que en sí misma es nada, directamente podría no existir. O peor, es fea, y encima bancada por el Ministerio de Cultura. Joder que estamos fritos si estos son nuestros artistas. Arte para los artistas, a dar por culo. Soy un palurdo.

De todos modos hoy es la inauguración, y más que a ver la muestra vine a encontrarme con alguien y a tomar una copa. Estoy en eso mientras voy registrando más detalles que me llaman la atención de la casa-museo.

Es una casa de altos. Evidentemente con un pasado de pensión. “Pensión Milán” según un cartel que en sus tiempos debió estar en el portal a la calle y que ahora encuentro apoyado contra una pared del corredor. También sobrevive la ínfima casilla de madera donde se atendía a los inquilinos, con el cartel que ordena que los niños no pueden correr en los pasillos. En los vidrios de las habitaciones hay pegotines de emergencia móvil y de cooperativas de crédito. Si bien la casa es vieja se ve que como pensión funcionó hasta no hace tanto.

Es aquí donde el MACMO a elegido iniciar sus actividades. Viendo la concurrencia siento de nuevo la parodia del arte. No hay público aquí, son todos artistas, críticos, curadores, galeristas o funcionarios de cultura, creo. Los que no lo son, estudian o trabajan para serlo. Una mujer joven está vestida de fiesta con una copa de champán en la mano. Este mundo polvoriento habitado por los fantasmas de mozos de bar desempleados, changadores divorciados y costureras a destajo, da la sensación de estar siendo velado, se diría incluso que asistimos a la víspera de su demolición.

Voy pasando entre los grupos y dejo atrás dos piezas cerradas con cortinas negras en las que se exhiben los videos de la instalación, uno sobre el alegato de Astiz, otro sobre el discurso leído por Candeau en el 80. Hay otra pieza en la que se amontona una bibliografía bastante extensa sobre historia reciente, discursos y performance, con textos escritos en las paredes. Dejo todo para después y avanzo, mientras las conexiones políticas empiezan a hacer sinapsis dolorosas en mi cerebro. Pienso entonces que quizás esta vez sí valga la pena leer.

Un pequeño cartel de “no pasar” (drypen sobre cartulina) pone fin a mi recorrida. La zona restringida por el museo de un modo tan ambiguo, ya que deja ver lo que hay del otro lado y apenas impide el paso, es una especie de conventillo al fondo. Piezas minúsculas como nichos en galería. Evidentemente quién
mandó construir esta casa lo hizo pensando desde el principio en sacar de ella el mayor rédito posible, pensó en todo, hasta en los más pobres entre los pobres. Los artistas, más lúcidos, menos utilitaristas, han corregido esto. Me pregunto si no estaré llevando demasiado lejos mis asociaciones. Me pregunto si no estaré frente a otra ingeniosa ironía para que se rían entre ellos los artistas.

Mi amigo no está por ningún lado. Me dice por celular que está en la azotea, que suba. Tengo entonces que cruzar por encima de ese cartel de cartulina y pasar frente a los nichos sin ventanas subiendo la escalera. Una casa proyectada como pensión hace cien años, pienso, y pienso en mil dramas y comedias de pobreza extrema que ahora vienen a llenar con su carga simbólica una obra de arte que desborda por todos lados, monumental, casi inabarcable. ¿Para quién ese cartel escrito a drypen, si aquí no hay público, solo artistas? ¿Para qué si todos podemos cruzar a la azotea? Por las dudas, será.

La vista desde la azotea es majestuosa, con las enormes grúas del puerto en el sábado soleado que me recuerdan que el gran capitalismo sigue su marcha y opera 24hs por día. Otro grupo se ha refugiado aquí con más champaña y marihuana. No debo olvidar que después de todo, esto es una celebración. Seguramente este día es el fin de muchas horas de trabajo de muchas personas, y el comienzo de otras muchas.

En la vereda de en frente un edificio en obra. En determinado momento alguien hace notar que todos los obreros se han reunido y nos miran desde el último piso de la construcción. Tienen una enorme grúa. Son al menos 20 obreros con cascos terminando la semana y nosotros 20 artistas con copas de champán en la mano. Tal vez con esa grúa se les pueda hacer llegar una botella, si la dirigen hasta aquí. Tal vez el arte haya encontrado la manera de llegar a su público, de salir del museo, de entrar a la vida de los hombres que construyen con conceptos ajenos, sin pensar, acumulando idolatría y resentimiento, envidia y desdén, resignación e ignorancia, el hombre con cuya sangre se paga esta botella, este pensamiento, este orgullo de saber de lo que estamos hablando.

Pero es solo un momento. Las palabras no surgen con la potencia necesaria para que nos comuniquemos. Lo de la grúa, la botella de champán, queda una vez más en chiste interno. Y ellos se guardarán igualmente en voz baja los comentarios sobre las mujeres, seguramente es eso lo que más miran. Apenas algo recatadamente divertido e incómodo. Enseguida nos distraemos con otra cosa.

Me asomo a la casa lindera, a esta altura dos pisos más abajo, y veo a un hombre casi anciano embolsando pedregullo. Casa precaria pero con mucho espacio, el padrón debe tener la misma superficie que este. Más allá se ve algo peor, como un pequeño cantegril embutido en la manzana.

Comento con alguien la tensión que me produce la cercanía de semejante miseria a un Museo de Arte Contemporáneo. La respuesta me sorprende, ya que tantos estímulos desde lo social, tanta posibilidad de mirar hacia afuera, desde el museo, acabó por hacerme interesante y simpática la propuesta y me esperaba otra cosa (lo que de verdad esperaba es empezar a hablar con alguien y enterarme de qué va, de qué es lo que se busca con semejante instalación que se presenta con el nombre de Museo, con todas las resonancias institucionales que esto tiene, y no solo en la institución museo, sino por extensión en cualquier institución existente o posible): me dice el artista, con cara de fastidio: “para mi es re desubicado”. ¿Lo qué? Le digo. “Que vengan a hacer eso en la ciudad vieja. No podés venir y hacer eso en la ciudad vieja. Estás jodiendo la ciudad vieja. Si vas a hacer algo así, no sé, andá al campo, yo que sé”.

Supe entonces que había llegado la hora de partir. Me esperaban los textos que seguramente encontraría en la web. Quería de verdad saber de qué se trata en este caso el arte contemporáneo.

Di todavía unas vueltas por la muestra en sí, los videos y los libros, las preguntas escritas en las paredes. No está mal, tiene que ver y aporta a las preguntas que me vengo haciendo desde que entré. Algo cierra cuando me enfrento al texto que se lee a la entrada y que define el espacio que acabo de habitar de esta manera:

El Museo de Arte Contemporáneo de Montevideo -MACMO- es un espacio de ensayo de modelos, estrategias y formas de pensar en torno al arte contemporáneo.

El Museo no cuenta con una estructura edilicia fija, sino que utiliza diferentes espacios para desarrollar las actividades, desde espacios institucionalizados y reconocidos hasta el espacio público, elegidos en relación directa con el evento o exposición a desarrollar. Centra sus actividades en torno a prácticas artísticas contemporáneas, lo que implica hablar no solamente de objetos y de formatos habituales de exposiciones estáticas, sino de prácticas que se desarrollan en relación con el contexto, mediante una amplia inclusión de recursos que permiten una mirada crítica al entorno. Aquí el objeto como obra de arte pasa a un segundo plano, pudiendo ser éste parte del desarrollo o registro de una práctica pero no necesariamente un fin en sí mismo, sino que se vuelve primordial el discurso y las relaciones que esta práctica establezca. 

El MACMO investiga formas alternativas de institucionalidad. Es una práctica artística a la vez que una Institución. Su equipo de trabajo funciona de manera colaborativa. Utiliza las formas, estructuras y terminologías institucionales pero también procede bajo la lógica de un proyecto autónomo. De esta forma se ensaya la definición de un territorio híbrido, que incluye la movilidad contextual y el cambio de forma constante.

La obra aquí es más que la instalación de video. La instalación de video es una pincelada más de una obra mayor, cuyo objeto es el museo.

Incluso el museo se me hace parte de una obra aún mayor, la idea de museo y su relación con la sociedad, y más allá, los procesos que desencadena (o encadena) y los que lo han formado hasta hoy.

Salgo a la calle y en la puerta me encuentro con los mismos obreros que nos miraban desde la azotea, siempre todos juntos, esta vez en la vereda, sin acercarse. Pasa un grupo de adolecentes fumando y hablando en su jerga de malandras típica de ciudad vieja. Veo de cerca al vecino de al lado con su montaña de pedregullo y su carretilla.

Subo por J. C. Gomez pensando en la escultura social de Beuys, con ganas de estudiar, pensando en si no habrá llegado el tiempo en que toda la reconcentración introspectiva del arte del siglo XX alcanza por fin su punto de desborde, o si no habrá por fin llegado a Uruguay. Pienso en obras de arte cuyo soporte son bibliotecas públicas, oficinas de todo tipo, líneas de ómnibus, empresas encuestadoras, gremios y sindicatos, partidos políticos. Obras que ni siquiera son un concepto, sino un proceso, una dinámica, una pregunta y un ensayo. Obras que son la institución de la reflexión y la crítica en ámbitos esclerosados por la utilidad y el conservadurismo. Pienso en los individuos, los compatriotas a los que está destinada una obra como esta. Pienso en funcionarios, oficinistas y empleados de toda clase, que han aprendido que no pensar en lo que se hace y cómo, es la mejor manera de mantenerse en el puesto con su fuente de ingresos, y han sacado la conclusión de que allí está el bien, en aceptar las cosas como son y adaptarse.

Pienso, también, en si todavía se puede llamar arte a esta práctica de institucionalización de procesos. Pienso en la belleza, en los artistas que todavía se esfuerzan por dibujar y pintar y modelar, componer y escribir algo bello, algo que nos muestre y nos inspire belleza. Pienso en la poesía y en lo sagrado.

Me reconcilio mentalmente con el arte contemporáneo, al tiempo que lo que antes me irritaba me irrita todavía más. Siento que entiendo ahora de qué se trata y a donde iba el arte conceptual, todo ese arte sin objeto que siempre me molestó tanto porque tantas veces se rió de mi en mi cara.

Y sobre todo, pienso que soy un poco, solo un poco menos palurdo e ignorante que antes, y sin haber leído nada, o casi nada. Creo que no se le puede pedir mucho más a un museo y al arte en general.

¿O tal vez si?

sábado, 22 de marzo de 2014

"La lucha entre capitalismo y como sea que se llame esa cosa rastrera y sin imaginación. Esa cosa autoritaria que se agarró del comunismo en una época y ahora como una hiena con cría trata de aprender las reglas donde no las hay, o mejor dicho, donde son las mismas de siempre, las de la imaginación y la fuerza, las de la astucia y la ambición, solo que ya no alcanza con sus discursos igualitaristas y sus utopías neuseabundas para ocultarlas; el capitalismo, al que temen como a algo sagrado, está, y eso es lo bueno, ciento cincuenta mil pasos por delante de todo ello. Lo malo es que es tan igual a la vida misma, que incluso estos hipócritas tienen su lugarcito en el mercado, y hablan, hablan , hablan sin parar." 
Roqué le chat. 
Montevideo 17 de mayo de 1989.




domingo, 3 de noviembre de 2013

lo que tu llamas "el imperio", reverendo chupa pija, lo que llamas "capitalismo", es lo que haces cada día con tus tristes pelotas, con tus anhelos mezquinos, con tu instinto asqueroso, con tu deseo farsante, y con tu cobardía invencible. y no hay nadie tan poderoso como vos en tu imbécil cabecita. eres libre. así que no me hables más de capitalismo ni de imperio. marcos de sayago.

miércoles, 31 de julio de 2013



EL MALO o de la soberbia

Hay personas que hagan lo que hagan, siempre acaban peor de lo que estaban. Un solo error insignificante, los echa a rodar por una pendiente empedrada, en la que, sin poder detenerse, el éxito consiste en evitar un golpe, y el entusiasmo en dar dos pasos con los pies. Sea como sea, el resultado es la aceleración en el descenso, y en un tiempo que apenas ven correr, más temprano que tarde están demasiado abollados como para pensar o hacer otra cosa que caer.
Si les queda un resto de conciencia cuando ya no haya lugar donde caer, aquel primer error lo verán tan inevitable como todo lo que le siguió; y si el tiempo que les queda para no hacer nada es suficiente, abandonados a la ilusión de movimiento que les dan los empujones de los vivos, mueren con la certeza de que la vida toda es un mal paso.
Cada instante de dicha en la memoria envenenado por la desconfianza, la seguridad de haber sido engañados.
Los otros, aquellos que pasan a su lado, se les aparecen despojados de libertad, autómatas al servicio de su destino. Y la capacidad de amar, siquiera de enternecerse por alguien o algo, acaba en ellos en miembro atrofiado, útil solo en la medida en que la vergüenza lo es.
El único consuelo que les queda es el llanto a solas. Lloran, los idiotas, por cualquier cosa. Y aunque les pasa muy seguido, tampoco así llegan a ver la causa de su llanto. 
Pero el malo logra incorporarse.
Obligado a vivir en la apretada multitud, ve las cosas a una luz extraña para todos, un instinto ruinoso le obliga a mirar hacia las cimas de las que ha caído. Distraído de este modo, es víctima permanente de cachetadas y zancadillas, y se reprocha amargamente no haber muerto en la caída. En efecto, el hecho de haber nacido en las alturas, constituye aquí abajo una doble humillación: la de la caída y la de haberla soportado. ¿No hubiera sido más digno morir después de tal cantidad de deshonra imborrable?
Es un mediocre nacido en lo alto, sin talento para estar entre los dioses, un heredero al trono con genoma de tarado.
Demasiado habituado a evitar golpes imprevisibles, solo conserva la espontaneidad en la cobardía, la sospecha y el garroneo. Ignorante de la calma necesaria para reflexionar, solo se explaya en la conversación, y sus amigos, si es que se les puede dar ese nombre, lo buscan en los tiempos de angustia y de derrota. Es esta la única retribución que obtiene por sus trabajos, y tampoco desea otra cosa. 
Por eso es que se lo compara con el buitre, que espera el desmayo de los caminantes. Un buitre en lo alto de la roca, con alas enormes para el aire y el sol, y un ojo afilado entre las nubes. Pero esto es solo una comparación.

martes, 30 de abril de 2013

meus caros amigos

No es de suponer que sea objeto propio de la literatura el resolver la realidad, ni siquiera el explicarla; para eso existen ciencias que entienden de las cuestiones al respecto, con el éxito, el fracaso, el crédito y el descrédito que todos conocemos y concedemos. Más bien parece ser objeto de la literatura aquello que la realidad coloca entre paréntesis y que, precisamente por eso, es necesario abordar de una manera oblicua, reelaborándolo y recomponiéndolo con nuestra atención creadora para que, a su vez, genere nuevas inquietudes e interrogantes (elementos que forman una parte nada desdeñable de lo que llamamos solazamiento o deleite) cada vez que sea objeto de renovada atención contemplativa. Desde ese punto de vista, que no agota el tema, la literatura tiene no poco que ver con el mito, y este, bastante con el misterio. Y la índole del misterio de que participa el mito es ambivalente. Por un lado, proporciona al mito su carácter de ejemplar, por cuanto hace de él definición y génesis de lo que el mundo es, y por otro, cela el significado de ese movimiento a los ojos profanos, que solo aciertan a desconcertarse ante el enigma que el mito propone y que, sin embargo, encierra el más profundo y real sentido de lo que los hombres y las cosas han venido a ser sobre la faz de la tierra. Por eso, jamás se llega a ver del todo claro el significado de los mitos (como no sea por la vía del conocimiento onírico o iniciático) ni, por ende, el de las literaturas.

Eduardo Chamorro
Prólogo a Bartleby, el escribiente. Ed. Akal. 1983

Este hombre me sorprendió con las mismas palabras que yo usaba en la entrada anterior, en los comentarios. Creo que ya lo había leído, y en algún lugar había quedado latente en mi cerebro.
Qué lección de humildad es la escritura, escribir sobre lo que uno no sabe, o de un modo que no le sale, como si supiera, y que no importe, porque en el fondo fermenta siempre lo que uno sí sabe, lo único que le está dado saber, y su propia voz, hecha de todos los que alguna vez nos inspiraron con hechos y palabras. 

Puestos a escribir, la ficción es una forma de olvidarse de uno mismo, como también lo es escribir sobre el mundo y la vida, y si se quiere, el solo hecho de escribir. Para el filósofo, el pensador, escribir es su forma específica de actuar, de salir de si mismo. Es lo que define al escritor: el que escribe para verse.
Como cuando afinamos una cuerda de guitarra: podemos oir la nota, y afinarla, o podemos buscar en nuestro interior, la idea de la nota, en cuyo caso no oímos nada, así también un hombre, para saber de si mismo la verdad, ha de olvidarse, y oírse resonar contra las cosas que nombra, que intenta nombrar. Y si, es un proceso, un progreso incluso, a veces, cuando los ecos no son demasiado angustiantes y uno puede pensar.
Es la manera que tiene de afinarse el escritor. Como dice P., escribir es una práctica.

En la ficción, además, queda en evidencia el mundo tal cual habita en uno, lo que el mundo dice, es una unidad con el cosmos, desde lo ínfimo a lo infinito, de lo más interior a lo más lejano. La ficción es una corriente alterna entre la poesía y la física, y el corazón de ambas.




martes, 23 de abril de 2013

en cascos de roble

Yo soy de aquellos que nunca están conformes consigo
y eso está bien.
Porque nacimos en un monte de mentiras y peleamos
por salir de nuestra propia tierra:
una selva de mentiras.

Peleamos toda la vida.
Porque si un día llegamos a los bordes
nos da miedo y pena abandonarla.
Y si lo hacemos, entrando al mundo sano
donde hombres y mujeres son hombres y mujeres
y ríen y hablan y se quieren
no reímos ni hablamos ni queremos
solo sabemos pelear por la verdad
y añoramos la mentira para pelear por la verdad
y eso está bien.

Como está bien la rosa
retorcida y vieja y silvestre
que da sus rosas en otoño
en primavera
y en verano
porque está viva,
así salimos nosotros de la mentira
así empezamos nosotros a triunfar
celebrando victorias y derrotas solo nuestras
desde el más puro egoísmo
siendo simple y llanamente nosotros mismos
por una vez.

No gruñimos ya contra las ramas que se nos cruzan
nuestra voz se alza porque es sólo nuestra voz al fin
nuestra íntima, curtida en la mentira voz 


vieja y querida como los cuartos de la infancia.










lunes, 15 de abril de 2013

nobleza obliga

La calle descendía ahora en una ligera pendiente y se veía Palermo muy cerca y completamente a oscuras. Sus casas bajas y apretadas estaban oprimidas por las desmesuradas moles de los conventos. Había docenas, gigantescos todos, a menudo asociados en grupos de dos o tres, conventos para hombres y para mujeres, conventos ricos y conventos pobres, conventos nobles y conventos plebeyos, conventos de jesuitas, de benedictinos, de franciscanos, de capuchinos, de carmelitas, de ligurinos, de agustinos... Descarnadas cúpulas de curvas inciertas, semejantes a senos vaciados de leche, se elevaban todavía más altas, y eran ellos, los conventos, los que conferían a la ciudad su oscuridad y su carácter, su decoro y, al mismo tiempo, el sentido de muerte que ni la frenética luz siciliana conseguía hacer desaparecer. Además, a aquella hora, en noche casi cerrada, se convertían en los déspotas del paisaje. Y, en realidad, se habían encendido contra ellos los fuegos de las montañas, atizados, por lo demás, por hombres muy semejantes a los que vivían en los conventos, fanáticos como ellos, cerrados como ellos y, como ellos, ávidos de poder, es decir, como es costumbre, de ocio.
El gatopardo







martes, 12 de febrero de 2013

en el porche ocioso


Estuve meses alimentando gallinetas con migas de galleta de campaña, hasta que apareció la zorra. Ahora la zorra está abrazada a mis pies.
Las gallinetas me temían, huían siempre en el último momento, cuando yo alargaba mi mano para tocarlas. Aunque sin vuelo, eran unos pájaros hermosos. El plumaje gris que nunca llegué a tocar, junto al naranja de las patas y del pico, largo y curvado, se llenaba de destellos. Las plumas esmeralda en el cuello, reflejaban un cielo tormentoso, aunque estuviera soleado. 
Llegaron hasta a comer de mi mano, pero al más mínimo movimiento de mi voluntad corrían a su nido, que nunca vi, con un bamboleo de burla, reproche e indignación. Al fin fueron para mí otro rasgo variable del paisaje, el paisaje mismo que me olisqueaba, como si fuesen las narinas del mundo inalcanzable. Y la resignación anidó en mi. Hasta que llegó la zorra.

Al principio miraba desde lo alto de la loma, y cazaba las gallinetas con alegría, mirándome de reojo al retirarse con la pieza en el hocico.
Yo siempre sentado en el porche, seguía tirando mis migas de galleta, lo que provocaba un debilitamiento en la cáscara de los huevos de las aves , hasta que ya no hubo más gallinetas. Las últimas, que ya no tenían tiempo de poner huevos, ni siquiera volvían al nido: atrapadas entre la zorra y yo, en un cerco cada vez más estrecho, se aferraron a las galletas que yo les tiraba ahora a manos llenas, como si no vieran otra vía de salvación para su especie, en un espiral ascendente de locura que la zorra acompañó con fervor, al punto que pensé que ella también desaparecería en ese torbellino sangriento y ruidoso.
Pero no.
Así fué como se acercó la zorra que ahora se abraza y se despereza a mis pies. (Sin necesidad, porque el sol calienta en esta época del año)
Ya no quedan gallinetas, y las migas no tientan ni divierten a mi amiga. Con ella comparto los trozos de carne que me arriman de la estancia, cordero frío que corto en cubos a lo largo de la tarde, hasta que el sol se oculta tras el monte de eucaliptus. Y ella me lo agradece con verdadera pasión, una pasión que la deja exhausta durante el día.
Llegué a pensar que con ella vencería mis demonios de rencor y celos y malicia, frutos de la resignación de antaño. Por las noches sigue siendo la hembra embriagadora que se me trepa y ensarta su cuerpo terso y flexible como una anguila adolescente. Pero ahora ella se va, está por irse, lo sé porque cuando despierta de sus siestas y amorrongamientos, ha empezado a mirarme como antes, cuando creía que me robaba algo al llevarse una gallineta.

Se va en busca de la liebre, hacia su madriguera, pero solo yo sé donde encontrarla, y después de una vida entera aquí sentado, una vida aún no consumada, me levantaré para salvarla y salvarme.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Horas finales de Avelino



1

No se puede desatar del todo en vida
don Avelino
lo que un día atamos a las telas del aire y de la luz
dijeron
y Avelino
los acompañó mirando por la ventanilla
el tiempo y la sombra entre los edificios
pensando:

“si un día sienten que falto
y se preguntan
si es que se acuerdan
o alguien piensa
extraña algo de lo que dí por nada
y buscándome miran para atrás
yo ya voy a estar muerto
en la lluvia que todos esquivaron
menos yo
el muerto”


2

Auril, con su bigote y su flema
siempre a punto de largar la carcajada;

Fenso, severo, cruel;

Jano, ingenuo y miedoso;

Descúbito, Mojato,
siempre juntos
con aire de frontera
de caballos
de campo;

uno ladino
uno al pedo
uno atento

Marcia, de los ojos dulces
y rientes y feroces;

Roma,
enojada, irónica, bellísima;

Urbina
de cinco hijos
de color eslavo y lengua portuguesa
la que conoce la historia;

Fuma, amante de cualquiera
y Baja, amante de uno solo;

y en el suelo Avelino 
cantando y rogando
sin saber:

“Yo no sé lo que se me debe
no sé cómo se arregla esto
ni si hay algo que arreglar
o si se me debe algo

capaz soy yo el que debo
desde siempre
y por eso todo duele
y no hay aire ni luz que se muestre tal cual es

es por eso mismo que no sé
qué debo
si debo
o si hay algo que arreglar

mis oídos están cerrados a la verdad
mi corazón se fue
y ahora está rodeado de campo

en la inmensa soledad sin habla
me pregunto a quién le debo
y porqué.

En la llanura infinita
frente al mar distante
bajo un cielo en silencio.”

y lloraba
como un pájaro furioso
pero lloraba
como un pájaro rabioso
pero lloraba

“todo en la vida me lo gané robando, hermanos
a ustedes se los robé
cuando lo que traigo es silencio, nada más,
y mis palabras están vacías como Dios,
tres veces separado del mundo,
se los juro hermanos míos
lo que les tengo dicho es ruido
ruido de huesos rotos.”


3

Era la hora de la sentencia
que sonó así:

“El anticristo se parece
pero no es.

La sicosis se parece, pero no es.

Y la mentira
la soberbia
lo necio.”

y en los pasillos, se dice
se oyó algo así:

“yo también puedo querer
así
se dice

saliendo de un basural
hasta la orilla del arroyo

las cloacas como caries en el murallón
también resaltan en el sol”

y la guillotina se soltó
se dice
la guillotina de bataille.



Moralejos

ya muerta
la cabeza que rodó,
se dice,
dijo:

“A la puta se le paga con trabajo.
Y lo que obtenemos de ella
es su trabajo

por el amor de dios, hermano
qué trabajo nos da la puta
a la puta madre con el trabajo!”

dedicado a leandro y a gastón

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Georges Bataille en TV (1958)




Sueño Primero


En este mismo cuarto. María se está acomodando el pelo. No le veo la cara, tampoco en el espejo. Tiene una pollera azul. Le miro las caderas y dudo de si es ella. Pienso en Carla. La quiero llamar para sacarme la duda que me mortifica, pero no me sale la voz, no puedo moverme. En parte porque temo equivocarme.
Se abre una puerta al lado del mueble del espejo y sale una nube de vapor. María, o Carla, no se da cuenta del peligro. Quiero avisarle, no puedo. Al final se mete en el vapor, qué está muy caliente. Yo estoy aterrado. Con mucho esfuerzo me empiezo a mover por el suelo. Cuanto más cerca estoy, el vapor está más denso y caliente. Escucho ruido como de fábrica, una maquinaria gigantesca y oxidada, pero como de lejos. Empiezo a ver algo y oigo una ducha abierta sobre una bañera.
Llego hasta la puerta y miro. Mores está acomodándose el saco. Se sube el cierre y ahí me ve. Sonríe. Marta está sentada en el water, con la pollera azul levantada. Me mira seria con los ojos entrecerrados, exausta y feliz. Me mira fijo y se sonríe con sorna. Mores da un paso hacia mi y ahí me despierto.

Todavía es de noche. Pienso en Martin. María no está, o no la siento.
Por un momento tengo ganas de levantarme, madrugar, tal vez salir. Hacer algo. Escribir. Me inquieta no saber qué va a pasar. Quien va a venir. Me cansa. Extraño la carcel.
Todo está en silencio. La calle vacía. El sueño que tuve, todavía me reverbera en la sien. Si pudiera quedarme en este cuarto para siempre! Hay que probar.
Rosa, Carla, Mores. Y donde estará Freitas ahora? Muerto? Quisiera saber. Quisiera no querer saber. Para qué carajo me sacaron?
Tengo que llamar al número que me dió Mores.

Oigo pasos en la vereda. La ventana está abierta. Los oigo casi al lado mio cuando pasan. Siento el roce de las ropas. Pasan y se detienen en la puerta. La persona entra y vuelve a cerrar, viene derecho a mi cuarto. No quiere disimular. Conoce. La escucho acercarse. Cierro los ojos y me hago el dormido. Abre.
No la veo, y aunque aparece como una mujer de tamaño normal, sé que es María. Se sienta en el borde de la cama y empieza a sacarse los zapatos. Empiezo a entreabrir los ojos. La ilumina de perfil la luz del comedor. Es otra persona, o mejor dicho, cambió, porque sin duda sigue siendo ella. No la veo bien, pero es ella. Más baja, más chica, con el pelo corto. Cuelga la pollera azul del ropero y cierra la puerta. Veo que sus piernas tampoco son las mismas. Más cortas. No es fea. Me gusta. Pero no es como era. En la oscuridad la siento ir a sentarse contra la pared.
Me da pena, no sé porqué. Como si el tamaño normal fuese para ella una enfermedad. No sé donde andaba, de donde viene, cómo salió. Es Maria.
-Estoy despierto -le digo al rato. -Vení-. Y alargo un brazo para acercarla. Ella me agarra la mano y se desliza adentro de la cama. Apoya la cabeza contra mi pecho. Huele a perfume. La piel ya no es tan tersa, ni la carne firme. Pero es tibia, casi caliente. Y esto me consuela muchísimo, me hace dormir.

jueves, 13 de septiembre de 2012

la salida


 Sabía que tenía tres días para asentarme en mi nuevo hogar. En el paquete con la ropa y los documentos, Mores me había dejado la llave, la dirección y un número de teléfono, con una esquela que decía: “llamame cuando llegues”, y firmaba: Eugenio.
Mientras revisaba la billetera, le busqué los ojos por última vez al miliquito de guardia, que esta vez sí me miró. Dos ojos azules y abrumados.
-Ta todo? me pregunta.
-Faltan quinientos dolares, le digo, y el se sonríe.
-Qué va a hacer
Yo no podía no estar contento. Le apreté la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
-Qué ande bien, me dijo, y salí.
El sol hacía fuerza atrás de un manto de nubes difusas, y no hacía nada de frio. Serían como las tres.
Al final del camino de pedregullo se veía la garita, el tejído de alambre. Me puse a caminar, por primera vez largo en tanto tiempo, y como una lluvia que se desata, la alegría se derramó en las cosas, no sé decirlo mejor. Me puse a llorar. La luz, el aire, el espacio, el mundo imperturbable de pronto me reconocía. No lo ví venir, yo estaba simplemente muy feliz y no pensaba en nada. Y todo era tan triste. Pero yo no lloraba de tristeza.
Se me empezó a pasar cuando vi de cerca el puesto de entrada y la sombra del guardia que se movió adentro. Me dio vergüenza, pero sobre todo miedo de que me metieran de nuevo por demente. Y aunque intenté controlarme, no tenía fuerzas de voluntad, igual me vio la cara empapada, los ojos temblorosos.
Le mostré la cédula mirando hacia la ruta y él salió a abrir el portón. Cuando crucé le dije estúpidamente:
-ta luego.
-ta luego, respondió, y volvió a cerrar.

El tránsito era escaso pero constante. Autos pasando por una doble vía. Lo primero que veo en libertad, pensé.
Caminé hasta el techito de la parada, que tenía asiento, pero estaba ocupado por una pareja de jóvenes, así que me quedé instintivamente a distancia, casi en la banquina.
-Don! No tiene una moneda?
Me estaban mirando fijo y serio. Esa mirada de fiera, de infanto juvenil posta.
-No tengo un mango guacho, y seguí mirando si venía el ómnibus.
Para que creyeran que no les tenía miedo me acerqué dos pasos y les pregunté si sabían a que hora pasaba el 494. El varón sin dejar de mirarme con esos ojos tan parecidos a los de los milicos que te la querían dar, iguales, contestó:
-Ni idea, al mismo tiempo que la hembra se levantó acomodándose el pantalón. Parecían cuatro ojos de un mismo ser de tan fijo que me miraban.
Pegué la vuelta de nuevo y vi que a lo lejos asomaba un ómnibus.
-Que pasa bo! Tas de vivo?, volvió la guacha a decir, viendo que me les escapaba.
Yo me quedé callado, haciendo fuerza por el inter que se acercaba. Cuando pude distinguir que decía montevideo, me sentí a salvo y metí la mano en el bolsillo como para sacar la plata del boleto. Pero entonces la pendeja se me vino encima y me empujó a la carretera con tanta fuerza que me hizo caer, al tiempo que gritaba:
-qué pasa, te están hablando chupa pija, tas de vivo estás?
Desde el piso vi al ómnibus cambiar bruscamente de senda, como para esquivarme. Con el susto tuve el reflejo de volver a la banquina, pero los dos infantos me cerraban el paso. El ómnibus ya enfilaba por la izquierda como para seguir de largo. Levanté la mano pidiéndole ayuda y hubo un milagro:
En una maniobra arriesgadísima, supongo que muy caliente por el susto que le pegamos y comprendiendo de golpe la situación, el chofer aminoró y se arrimó a la parada hasta clavar los frenos justo adelante mío. El guarda se bajó con una especie de caño de fierro y espantó a las alimañas sin una palabra, chiflando.
No me sentí de verdad seguro hasta que el guarda estuvo de nuevo arriba y el ómnibus arrancó. Dí las gracias pero ni el guarda ni el chofer me miraron. Se debían sentir un poco como en una película.
Me acordé de que a veces en esta clase de interdepartamentales esperaban que te sentaras para ir a cobrarte y preguntarte donde te bajabas. Recorrí el pasillo buscando las miradas de los pasajeros, pero tampoco había nadie que pareciera haber notado nada de lo sucedido. Era poca gente, el aire estaba viciado, y había mucho equipaje en los asientos y el guarda bultos. Capaz por eso nunca me cobraron, venía de lejos, salto o paysandú, directo. Creo que de verdad no tenía previsto parar. O capaz tenían la costumbre de parar cuando veían gente en esa parada, la parada del penal, por alguna suerte de solidaridad con el malandraje, y amagó a seguir cuando vio que había lío. 
Pasé la mano por la ventanilla empañada y otra vez me vino el llanto, el no pensar y ver todo con absoluta claridad, el agua del vidrio en la mejilla, la libertad, el miedo, el sol y la carretera. Pero esta vez se me pasó enseguida, y entré a la ciudad meditando, ahora si, amargamente sobre la tristeza de la vida, viendo pasar los ranchos bajo el sol lechoso.

Me bajé lo más cerca que pude de la dirección que Mores me había dado y caminé. De verdad no quería hablar con nadie.
Me sorprendió bastante la casa. Viniendo de Mores, esperaba un caserón de techos altísimos y pintura verde a la cal, con manchas y olor a humedad, seguramente con alguna especie de inquilino u empleado de Mores recién llegado de algún lugar lejano. Pero no. Era una casita bastante prolija, tipo apartamento en planta baja, casi sin uso me pareció de entrada, y al entrar lo confirmé.
Por suerte en la mesada de la cocina había de lo básico como para no tener que salir, fideos aceite queso y galletas. Pero en la alacena nada, y en la heladera tampoco, ni hielo. Mirando al patio por la ventana de la cocina vi todavía la mancha de una canchada y unas cosas de albañil contra la pared.
Cuando fui al cuarto me tiré en la cama y me quedé viendo como la luz se retiraba. Debía estar agotado, porque me desperté al otro día, y por el sol que entraba desde el comedor ya eran como las nueve. Me metí en la ducha y al ratito siento que abren la puerta. Me acordé de Mores. No lo había llamado. Pero no podía ser él, me hubiera saludado.
Pasé para el cuarto con la toalla en la cintura y busque en el bolso algo que ponerme. De la cosina venían ruidos de pileta. Alguien que vino a limpiar, aunque no había nada que limpiar. Pensé en rosa, si seguía viva, si todavía le daba el lomo para ir a hacer las limpiezas que Mores le encargaba a cambio de su pieza en la pensión. Tal vez un obrero a levantar sus cosas.
Cuando fuí hasta la cocina no lo podía creer. 
Me quedé parado en la puerta como dos minutos. Carla me miró por arriba del hombro, sin sacar las manos de la pileta, con esa sonrisa suya que yo conocía tanto.
No estaba envejecida, pero sí madura, lo que dada la imagen que yo guardaba de ella igual me descolocó un poco, pero su sonrisa seguía siendo la misma. La misma que aprendió a usar tan de chica, yo sabía, y por eso mismo no se le va a quitar nunca, creo. Inocente y cómplice, tímida y divertida, una niña grande.
Se secó las manos con un repasador y vino a darme un abrazo. Hacía demasiado tiempo que no tocaba una mujer de verdad y se me paró enseguida. La retuve cuando se quiso separar y se hizo la sorprendida. No sé que mezcla de implorante decisión habría en mis ojos y mi manera de agarrarla. Debió haber visto que no tenía salida o algo así.
-estoy casada, llegó a objetar, pero a mi, claro, todo me parecía posible y me importaba poco, así que no me sorprendió, ni siquiera entendí qué tenía que ver.
Cuando le pasé la mano por abajo de la remera, hasta que el pulgar se apoyó sobre un pezón, se resolvió y arrodillandose me bajó el jogging. Me acabó enseguida, con la misma exacta sonrisa de siempre, que no había cambiado y lo sabía todo.
-Pero Rosa! Qué cambiada está! Le dije cuando me repuse un poco. Ahí sí la hice reir de verdad y aprovechó para levantarme de nuevo el pantalón y separarse.
Rosa se sentía mal.
-Está muy viejita. Me pidió que viniera yo y que no le digamos nada a Mores.
Por eso tenía que terminar de lavar los pisos y volver, no sea cosa que apareciera de golpe. Y era verdad, tenía eso Mores, la concha de su madre. Por lo menos ahora había, parece, un mínimo de solidaridad entre nosotros, cómo cambian las cosas los años.
Fue entonces, viéndola agarrar el lampazo y el trapo, agacharse en el mueble de la mesada y echar un chorro de agua jane en el balde, que tuve por primera vez esa especie de síndrome carcelario. Unas ganas tremendas de encerrarme en el cuarto, tirarme en la cama, ver pasar las horas. Ganas de sacarme de nuevo de la historia que se me vino encima desde las nalgas de Carla, desde su eterna sonrisa. Se me apareció Ostar, que estaba tan enamorado de ella, el pobre; su padre Freitas y sus papeles; el bar, los bares, la obra, la pensión; toda aquella vida lejana de sombra oscura intuida y sol cercano en la rambla, en los ventanales y la piel. Todo el tiempo viejo y olvidado de pronto me saltaba encima, nuevo y el mismo. La ausencia de Mores, el aguante de Rosa, y María dormida como un enigma en el borde de la cama.