lunes, 15 de abril de 2013

nobleza obliga

La calle descendía ahora en una ligera pendiente y se veía Palermo muy cerca y completamente a oscuras. Sus casas bajas y apretadas estaban oprimidas por las desmesuradas moles de los conventos. Había docenas, gigantescos todos, a menudo asociados en grupos de dos o tres, conventos para hombres y para mujeres, conventos ricos y conventos pobres, conventos nobles y conventos plebeyos, conventos de jesuitas, de benedictinos, de franciscanos, de capuchinos, de carmelitas, de ligurinos, de agustinos... Descarnadas cúpulas de curvas inciertas, semejantes a senos vaciados de leche, se elevaban todavía más altas, y eran ellos, los conventos, los que conferían a la ciudad su oscuridad y su carácter, su decoro y, al mismo tiempo, el sentido de muerte que ni la frenética luz siciliana conseguía hacer desaparecer. Además, a aquella hora, en noche casi cerrada, se convertían en los déspotas del paisaje. Y, en realidad, se habían encendido contra ellos los fuegos de las montañas, atizados, por lo demás, por hombres muy semejantes a los que vivían en los conventos, fanáticos como ellos, cerrados como ellos y, como ellos, ávidos de poder, es decir, como es costumbre, de ocio.
El gatopardo







martes, 12 de febrero de 2013

en el porche ocioso


Estuve meses alimentando gallinetas con migas de galleta de campaña, hasta que apareció la zorra. Ahora la zorra está abrazada a mis pies.
Las gallinetas me temían, huían siempre en el último momento, cuando yo alargaba mi mano para tocarlas. Aunque sin vuelo, eran unos pájaros hermosos. El plumaje gris que nunca llegué a tocar, junto al naranja de las patas y del pico, largo y curvado, se llenaba de destellos. Las plumas esmeralda en el cuello, reflejaban un cielo tormentoso, aunque estuviera soleado. 
Llegaron hasta a comer de mi mano, pero al más mínimo movimiento de mi voluntad corrían a su nido, que nunca vi, con un bamboleo de burla, reproche e indignación. Al fin fueron para mí otro rasgo variable del paisaje, el paisaje mismo que me olisqueaba, como si fuesen las narinas del mundo inalcanzable. Y la resignación anidó en mi. Hasta que llegó la zorra.

Al principio miraba desde lo alto de la loma, y cazaba las gallinetas con alegría, mirándome de reojo al retirarse con la pieza en el hocico.
Yo siempre sentado en el porche, seguía tirando mis migas de galleta, lo que provocaba un debilitamiento en la cáscara de los huevos de las aves , hasta que ya no hubo más gallinetas. Las últimas, que ya no tenían tiempo de poner huevos, ni siquiera volvían al nido: atrapadas entre la zorra y yo, en un cerco cada vez más estrecho, se aferraron a las galletas que yo les tiraba ahora a manos llenas, como si no vieran otra vía de salvación para su especie, en un espiral ascendente de locura que la zorra acompañó con fervor, al punto que pensé que ella también desaparecería en ese torbellino sangriento y ruidoso.
Pero no.
Así fué como se acercó la zorra que ahora se abraza y se despereza a mis pies. (Sin necesidad, porque el sol calienta en esta época del año)
Ya no quedan gallinetas, y las migas no tientan ni divierten a mi amiga. Con ella comparto los trozos de carne que me arriman de la estancia, cordero frío que corto en cubos a lo largo de la tarde, hasta que el sol se oculta tras el monte de eucaliptus. Y ella me lo agradece con verdadera pasión, una pasión que la deja exhausta durante el día.
Llegué a pensar que con ella vencería mis demonios de rencor y celos y malicia, frutos de la resignación de antaño. Por las noches sigue siendo la hembra embriagadora que se me trepa y ensarta su cuerpo terso y flexible como una anguila adolescente. Pero ahora ella se va, está por irse, lo sé porque cuando despierta de sus siestas y amorrongamientos, ha empezado a mirarme como antes, cuando creía que me robaba algo al llevarse una gallineta.

Se va en busca de la liebre, hacia su madriguera, pero solo yo sé donde encontrarla, y después de una vida entera aquí sentado, una vida aún no consumada, me levantaré para salvarla y salvarme.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Horas finales de Avelino



1

No se puede desatar del todo en vida
don Avelino
lo que un día atamos a las telas del aire y de la luz
dijeron
y Avelino
los acompañó mirando por la ventanilla
el tiempo y la sombra entre los edificios
pensando:

si un día sienten que falto
y se preguntan
si es que se acuerdan
o alguien piensa
extraña algo de lo que dí por nada
y buscándome miran para atrás
yo ya voy a estar muerto
en la lluvia que todos esquivaron
menos yo
el muerto”


2

Auril, con su bigote y su flema
siempre a punto de largar la carcajada;

Fenso, severo, cruel;

Jano, ingenuo y miedoso;

Descúbito, Mojato,
siempre juntos
con aire de frontera
de caballos
de campo;

uno ladino
uno al pedo
uno atento

Marcia, de los ojos dulces
y rientes y feroces;

Roma,
enojada, irónica, bellísima;

Urbina
de cinco hijos
de color eslavo y lengua portuguesa
la que conoce la historia;

Fuma, amante de cualquiera
y Baja, amante de uno solo;

en el suelo Avelino 
cantando y rogando
sin saber:

Yo no sé lo que se me debe
no sé cómo se arregla esto
ni si hay algo que arreglar
o si se me debe algo

capaz soy yo el que debo
desde siempre
y por eso todo duele
y no hay aire ni luz que se muestre tal cual es

es por eso mismo que no sé
qué debo
si debo
o si hay algo que arreglar

mis oídos están cerrados a la verdad
mi corazón se fue
y ahora está rodeado de campo

en la inmensa soledad sin habla
me pregunto a quién le debo
y porqué.

En la llanura infinita
frente al mar distante
bajo un cielo en silencio.”

y lloraba
como un pájaro furioso
pero lloraba
como un pájaro rabioso
pero lloraba

todo en la vida me lo gané robando, hermanos
a ustedes se los robé
cuando lo que traigo es silencio, nada más,
y mis palabras están vacías como Dios,
tres veces separado del mundo,
se los juro hermanos míos
lo que les tengo dicho es ruido
ruido de huesos rotos.”


3

Era la hora de la sentencia
que sonó así:

El anticristo se parece
pero no es.

La sicosis se parece, pero no es.

Y la mentira
la soberbia
lo necio.”

en los pasillos, se dice
se oyó algo así:

yo también puedo querer
así
se dice

saliendo de un basural
hasta la orilla del arroyo

las cloacas como caries en el murallón
también resaltan en el sol”

y la guillotina se soltó
se dice
la guillotina de bataille.



Moralejos

ya muerta
la cabeza que rodó,
se dice,
dijo:

A la puta se le paga con trabajo.
Y lo que obtenemos de ella
es su trabajo

por el amor de dios, hermano
qué trabajo nos da la puta
a la puta madre con el trabajo!”

dedicado a leandro y a gastón

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Georges Bataille en TV (1958)




Sueño Primero


En este mismo cuarto. María se está acomodando el pelo. No le veo la cara, tampoco en el espejo. Tiene una pollera azul. Le miro las caderas y dudo de si es ella. Pienso en Carla. La quiero llamar para sacarme la duda que me mortifica, pero no me sale la voz, no puedo moverme. En parte porque temo equivocarme.
Se abre una puerta al lado del mueble del espejo y sale una nube de vapor. María, o Carla, no se da cuenta del peligro. Quiero avisarle, no puedo. Al final se mete en el vapor, qué está muy caliente. Yo estoy aterrado. Con mucho esfuerzo me empiezo a mover por el suelo. Cuanto más cerca estoy, el vapor está más denso y caliente. Escucho ruido como de fábrica, una maquinaria gigantesca y oxidada, pero como de lejos. Empiezo a ver algo y oigo una ducha abierta sobre una bañera.
Llego hasta la puerta y miro. Mores está acomodándose el saco. Se sube el cierre y ahí me ve. Sonríe. Marta está sentada en el water, con la pollera azul levantada. Me mira seria con los ojos entrecerrados, exausta y feliz. Me mira fijo y se sonríe con sorna. Mores da un paso hacia mi y ahí me despierto.

Todavía es de noche. Pienso en Martin. María no está, o no la siento.
Por un momento tengo ganas de levantarme, madrugar, tal vez salir. Hacer algo. Escribir. Me inquieta no saber qué va a pasar. Quien va a venir. Me cansa. Extraño la carcel.
Todo está en silencio. La calle vacía. El sueño que tuve, todavía me reverbera en la sien. Si pudiera quedarme en este cuarto para siempre! Hay que probar.
Rosa, Carla, Mores. Y donde estará Freitas ahora? Muerto? Quisiera saber. Quisiera no querer saber. Para qué carajo me sacaron?
Tengo que llamar al número que me dió Mores.

Oigo pasos en la vereda. La ventana está abierta. Los oigo casi al lado mio cuando pasan. Siento el roce de las ropas. Pasan y se detienen en la puerta. La persona entra y vuelve a cerrar, viene derecho a mi cuarto. No quiere disimular. Conoce. La escucho acercarse. Cierro los ojos y me hago el dormido. Abre.
No la veo, y aunque aparece como una mujer de tamaño normal, sé que es María. Se sienta en el borde de la cama y empieza a sacarse los zapatos. Empiezo a entreabrir los ojos. La ilumina de perfil la luz del comedor. Es otra persona, o mejor dicho, cambió, porque sin duda sigue siendo ella. No la veo bien, pero es ella. Más baja, más chica, con el pelo corto. Cuelga la pollera azul del ropero y cierra la puerta. Veo que sus piernas tampoco son las mismas. Más cortas. No es fea. Me gusta. Pero no es como era. En la oscuridad la siento ir a sentarse contra la pared.
Me da pena, no sé porqué. Como si el tamaño normal fuese para ella una enfermedad. No sé donde andaba, de donde viene, cómo salió. Es Maria.
-Estoy despierto -le digo al rato. -Vení-. Y alargo un brazo para acercarla. Ella me agarra la mano y se desliza adentro de la cama. Apoya la cabeza contra mi pecho. Huele a perfume. La piel ya no es tan tersa, ni la carne firme. Pero es tibia, casi caliente. Y esto me consuela muchísimo, me hace dormir.

jueves, 13 de septiembre de 2012

la salida


 Sabía que tenía tres días para asentarme en mi nuevo hogar. En el paquete con la ropa y los documentos, Mores me había dejado la llave, la dirección y un número de teléfono, con una esquela que decía: “llamame cuando llegues”, y firmaba: Eugenio.
Mientras revisaba la billetera, le busqué los ojos por última vez al miliquito de guardia, que esta vez sí me miró. Dos ojos azules y abrumados.
-Ta todo? me pregunta.
-Faltan quinientos dolares, le digo, y el se sonríe.
-Qué va a hacer
Yo no podía no estar contento. Le apreté la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
-Qué ande bien, me dijo, y salí.
El sol hacía fuerza atrás de un manto de nubes difusas, y no hacía nada de frio. Serían como las tres.
Al final del camino de pedregullo se veía la garita, el tejído de alambre. Me puse a caminar, por primera vez largo en tanto tiempo, y como una lluvia que se desata, la alegría se derramó en las cosas, no sé decirlo mejor. Me puse a llorar. La luz, el aire, el espacio, el mundo imperturbable de pronto me reconocía. No lo ví venir, yo estaba simplemente muy feliz y no pensaba en nada. Y todo era tan triste. Pero yo no lloraba de tristeza.
Se me empezó a pasar cuando vi de cerca el puesto de entrada y la sombra del guardia que se movió adentro. Me dio vergüenza, pero sobre todo miedo de que me metieran de nuevo por demente. Y aunque intenté controlarme, no tenía fuerzas de voluntad, igual me vio la cara empapada, los ojos temblorosos.
Le mostré la cédula mirando hacia la ruta y él salió a abrir el portón. Cuando crucé le dije estúpidamente:
-ta luego.
-ta luego, respondió, y volvió a cerrar.

El tránsito era escaso pero constante. Autos pasando por una doble vía. Lo primero que veo en libertad, pensé.
Caminé hasta el techito de la parada, que tenía asiento, pero estaba ocupado por una pareja de jóvenes, así que me quedé instintivamente a distancia, casi en la banquina.
-Don! No tiene una moneda?
Me estaban mirando fijo y serio. Esa mirada de fiera, de infanto juvenil posta.
-No tengo un mango guacho, y seguí mirando si venía el ómnibus.
Para que creyeran que no les tenía miedo me acerqué dos pasos y les pregunté si sabían a que hora pasaba el 494. El varón sin dejar de mirarme con esos ojos tan parecidos a los de los milicos que te la querían dar, iguales, contestó:
-Ni idea, al mismo tiempo que la hembra se levantó acomodándose el pantalón. Parecían cuatro ojos de un mismo ser de tan fijo que me miraban.
Pegué la vuelta de nuevo y vi que a lo lejos asomaba un ómnibus.
-Que pasa bo! Tas de vivo?, volvió la guacha a decir, viendo que me les escapaba.
Yo me quedé callado, haciendo fuerza por el inter que se acercaba. Cuando pude distinguir que decía montevideo, me sentí a salvo y metí la mano en el bolsillo como para sacar la plata del boleto. Pero entonces la pendeja se me vino encima y me empujó a la carretera con tanta fuerza que me hizo caer, al tiempo que gritaba:
-qué pasa, te están hablando chupa pija, tas de vivo estás?
Desde el piso vi al ómnibus cambiar bruscamente de senda, como para esquivarme. Con el susto tuve el reflejo de volver a la banquina, pero los dos infantos me cerraban el paso. El ómnibus ya enfilaba por la izquierda como para seguir de largo. Levanté la mano pidiéndole ayuda y hubo un milagro:
En una maniobra arriesgadísima, supongo que muy caliente por el susto que le pegamos y comprendiendo de golpe la situación, el chofer aminoró y se arrimó a la parada hasta clavar los frenos justo adelante mío. El guarda se bajó con una especie de caño de fierro y espantó a las alimañas sin una palabra, chiflando.
No me sentí de verdad seguro hasta que el guarda estuvo de nuevo arriba y el ómnibus arrancó. Dí las gracias pero ni el guarda ni el chofer me miraron. Se debían sentir un poco como en una película.
Me acordé de que a veces en esta clase de interdepartamentales esperaban que te sentaras para ir a cobrarte y preguntarte donde te bajabas. Recorrí el pasillo buscando las miradas de los pasajeros, pero tampoco había nadie que pareciera haber notado nada de lo sucedido. Era poca gente, el aire estaba viciado, y había mucho equipaje en los asientos y el guarda bultos. Capaz por eso nunca me cobraron, venía de lejos, salto o paysandú, directo. Creo que de verdad no tenía previsto parar. O capaz tenían la costumbre de parar cuando veían gente en esa parada, la parada del penal, por alguna suerte de solidaridad con el malandraje, y amagó a seguir cuando vio que había lío. 
Pasé la mano por la ventanilla empañada y otra vez me vino el llanto, el no pensar y ver todo con absoluta claridad, el agua del vidrio en la mejilla, la libertad, el miedo, el sol y la carretera. Pero esta vez se me pasó enseguida, y entré a la ciudad meditando, ahora si, amargamente sobre la tristeza de la vida, viendo pasar los ranchos bajo el sol lechoso.

Me bajé lo más cerca que pude de la dirección que Mores me había dado y caminé. De verdad no quería hablar con nadie.
Me sorprendió bastante la casa. Viniendo de Mores, esperaba un caserón de techos altísimos y pintura verde a la cal, con manchas y olor a humedad, seguramente con alguna especie de inquilino u empleado de Mores recién llegado de algún lugar lejano. Pero no. Era una casita bastante prolija, tipo apartamento en planta baja, casi sin uso me pareció de entrada, y al entrar lo confirmé.
Por suerte en la mesada de la cocina había de lo básico como para no tener que salir, fideos aceite queso y galletas. Pero en la alacena nada, y en la heladera tampoco, ni hielo. Mirando al patio por la ventana de la cocina vi todavía la mancha de una canchada y unas cosas de albañil contra la pared.
Cuando fui al cuarto me tiré en la cama y me quedé viendo como la luz se retiraba. Debía estar agotado, porque me desperté al otro día, y por el sol que entraba desde el comedor ya eran como las nueve. Me metí en la ducha y al ratito siento que abren la puerta. Me acordé de Mores. No lo había llamado. Pero no podía ser él, me hubiera saludado.
Pasé para el cuarto con la toalla en la cintura y busque en el bolso algo que ponerme. De la cosina venían ruidos de pileta. Alguien que vino a limpiar, aunque no había nada que limpiar. Pensé en rosa, si seguía viva, si todavía le daba el lomo para ir a hacer las limpiezas que Mores le encargaba a cambio de su pieza en la pensión. Tal vez un obrero a levantar sus cosas.
Cuando fuí hasta la cocina no lo podía creer. 
Me quedé parado en la puerta como dos minutos. Carla me miró por arriba del hombro, sin sacar las manos de la pileta, con esa sonrisa suya que yo conocía tanto.
No estaba envejecida, pero sí madura, lo que dada la imagen que yo guardaba de ella igual me descolocó un poco, pero su sonrisa seguía siendo la misma. La misma que aprendió a usar tan de chica, yo sabía, y por eso mismo no se le va a quitar nunca, creo. Inocente y cómplice, tímida y divertida, una niña grande.
Se secó las manos con un repasador y vino a darme un abrazo. Hacía demasiado tiempo que no tocaba una mujer de verdad y se me paró enseguida. La retuve cuando se quiso separar y se hizo la sorprendida. No sé que mezcla de implorante decisión habría en mis ojos y mi manera de agarrarla. Debió haber visto que no tenía salida o algo así.
-estoy casada, llegó a objetar, pero a mi, claro, todo me parecía posible y me importaba poco, así que no me sorprendió, ni siquiera entendí qué tenía que ver.
Cuando le pasé la mano por abajo de la remera, hasta que el pulgar se apoyó sobre un pezón, se resolvió y arrodillandose me bajó el jogging. Me acabó enseguida, con la misma exacta sonrisa de siempre, que no había cambiado y lo sabía todo.
-Pero Rosa! Qué cambiada está! Le dije cuando me repuse un poco. Ahí sí la hice reir de verdad y aprovechó para levantarme de nuevo el pantalón y separarse.
Rosa se sentía mal.
-Está muy viejita. Me pidió que viniera yo y que no le digamos nada a Mores.
Por eso tenía que terminar de lavar los pisos y volver, no sea cosa que apareciera de golpe. Y era verdad, tenía eso Mores, la concha de su madre. Por lo menos ahora había, parece, un mínimo de solidaridad entre nosotros, cómo cambian las cosas los años.
Fue entonces, viéndola agarrar el lampazo y el trapo, agacharse en el mueble de la mesada y echar un chorro de agua jane en el balde, que tuve por primera vez esa especie de síndrome carcelario. Unas ganas tremendas de encerrarme en el cuarto, tirarme en la cama, ver pasar las horas. Ganas de sacarme de nuevo de la historia que se me vino encima desde las nalgas de Carla, desde su eterna sonrisa. Se me apareció Ostar, que estaba tan enamorado de ella, el pobre; su padre Freitas y sus papeles; el bar, los bares, la obra, la pensión; toda aquella vida lejana de sombra oscura intuida y sol cercano en la rambla, en los ventanales y la piel. Todo el tiempo viejo y olvidado de pronto me saltaba encima, nuevo y el mismo. La ausencia de Mores, el aguante de Rosa, y María dormida como un enigma en el borde de la cama.